La isla - 9

El padre del pequeño Hub os pregunta por señas si le acompañáis a recorrer la jungla. Aceptáis emocionados. Tú ves que él viste pantalón corto y chanclas, así que decides no cambiarte y vas como él. José, Mauricio y Peppe si llevan pantalón largo y zapatillas de senderismo. Esperas no haberte equivocado. Comenzáis charlando animadamente, quizás presa del nerviosismo, pero el parloteo pronto se acaba junto con el aliento cuando empezáis a ascender. El camino no es fácil, es escarpado y resulta complicado esquivar la vegetación frondosa, fuerte y salvaje de la jungla. Avanzáis despacio, mirándolo todo, haciendo fotos aquí y allá, buscando una excusa para tomar aire. Os detenéis a cada poco y vuestro guía sonríe paciente. Al llegar a un claro casi en la cima os sentáis unos minutos. Otra vez por señas, Li os pide que esperéis, que va a traer agua. Desaparece entre los árboles y al poco regresa con un trozo de liana. La alza delante de tu cara y te dice que bebas el líquido que chorrea de ella. Dudas un momento, sólo un segundo, y luego abres la boca y recoges en ella en dulce agua de la planta. No sacias la sed, pero te divierte el momento. Ya no cae nada y Li corta con su machete el extremo superior de la liana y vuelve a brotar como por ensalmo otra vez el agua que ahora ofrece a los demás.

La isla (by Miguel Aguilar)

Todos bebemos y nos fotografiamos, y nos reímos de nosotros mismos ante la sonrisa y la mirada de Li, que es como una columna de humo en un día sin viento entre tanto alboroto. No nos demoramos más y volvemos a seguir la senda que abre el machete. Aunque pensabas que estabais en lo alto de la isla, aún continuáis ascendiendo. El calor se vuelve insoportable con la humedad, sudáis empapando vuestra ropa y señaláis asombrados que Li no tiene ni una sola gota en su frente. Le preguntáis y niega con la cabeza y señala la botella de agua que Mauricio saca de su mochila como toda explicación. Tras unos eternos minutos de marcha llegáis a un bunker que domina todo el contorno de la isla. Una herencia de la que nadie puede enorgullecerse pero que ahora nos recibe silencioso, abandonado a la naturaleza, entre el abrazo de las ramas y el verdor del musgo. Miras con deleite el panorama que se os ofrece y no te arrepientes de la subida, pero allí arriba no hay sombra y notas la piel a punto de salir ardiendo. Hay un borboteo dentro de tu cabeza y no sabes qué puede ser. Buscas el refugio de unas ramas y, en cuclillas, te acomodas en el filo del techo. Li se coloca junto a ti y te ofrece un cigarrillo que rechazas. Él prende uno y fuma tranquilamente a pesar de que vosotros estáis sin aire y asfixiados por el calor. Está tan relajado que te resulta fuera de lugar. Con las cuatro palabras que sabes le preguntas cuánto os queda. Él te indica una dirección, luego tuerce la mano y por último le hace bajar una cuesta imaginaria, para terminar asiente y hace un círculo enorme con todo el brazo que te dejó la cabeza sin sangre. Bungalow fue su última palabra. Le explicas a los demás el recorrido y hay palabras de ánimo, de autoconsuelo. Bajáis del bunker y por fin empieza el descenso por el otro lado de la isla. La bajada resulta menos pesada que la subida, pero más peligrosa porque apenas os podéis sostener y resbaláis a cada rato. Las ramas te arañan las pantorrillas y las pelusas que se desprenden de las flores se te pegan en el cuello por el sudor. Las hormigas rojas aprovechan cada parada para asirse a vuestras piernas y morder con furia, tras unos segundos empieza a picar con fuerza y sentís como si se os clavara una aguja.li os muestra el porqué: la hormiga primero hiere y luego se retuerce y se orina en la herida y eso es lo que provoca el escozor.

La isla (by Miguel Aguilar)

Li se deja morder por una para que lo veáis bien y cuando, como un escorpión, se contorsiona para orinar, la coge con la yema de los dedos, la retira y le aprieta el abdomen. Os maravilláis de todas estas pequeñas cosas e intentas explicarle a Li que todo es nuevo para vosotros, que en Europa no tenéis lianas, ni hormigas de estas; te pregunta por el búnker y tuerces la boca y entrecierras los ojos, same-same, le dices, y él asiente como si confirmara que la estupidez es universal.

Bajar con el calor de la mañana os resulta demoledor y cuando, tras un par de decenas de minutos llegáis a la playa, buscáis el frescor de la sombra y aspiráis la brisa marina. No queda mucho para llegar al bungalow, no más de diez minutos. Le preguntas a Li cuántos kilómetros habéis anadado; él parece calcular y dudando te muestra cuatro dedos, después cinco, cuatro otra vez. Os quedáis de piedra, ¿sólo cuatro kilómetros? Imposible.

Tras tres horas de marcha llegáis de vuelta a vuestra playa, os pedís un refresco y contáis el recorrido a las mujeres. Li os observa sonriendo, como el adulto que se sienta a ver jugar a unos críos en el parque y oye las fantasías infantiles que cuentan.

Comentarios

  1. Me he gustado mucho leeros durante vuestro viaje, y por supuesto ahora también, pero... queremos más! Cómo fue la recta final del viaje? Y las conclusiones?

    Saludos!

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  2. encantado de encontraros y leeros... nosotros también mezclamos los viajes y los cuentos, ya que nos dedicamos a ello profesionalmente, pasad por www.miradasdecaracol.com un abrazo, ya tenéis nuevos visitantes...

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  3. tienes mucha razon sobre que viajar es una forma de conociemiento, como ademas de tener nuevas experiencias y recuerdos inolvidables

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  4. Cuento muy interesante, publica mas o la continuación, ya os he agregado a mis favoritos.

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  5. Hola ¡

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