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Mostrando entradas de abril, 2009

La isla - 9

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El padre del pequeño Hub os pregunta por señas si le acompañáis a recorrer la jungla. Aceptáis emocionados. Tú ves que él viste pantalón corto y chanclas, así que decides no cambiarte y vas como él. José, Mauricio y Peppe sí llevan pantalón largo y zapatillas de senderismo. Esperas no haberte equivocado. Comenzáis charlando animadamente, quizás presa del nerviosismo, pero el parloteo pronto se acaba junto con el aliento cuando empezáis a ascender. El camino no es fácil, es escarpado y resulta complicado esquivar la vegetación frondosa, fuerte y salvaje de la jungla. Avanzáis despacio, mirándolo todo, haciendo fotos aquí y allá, buscando una excusa para tomar aire. Os detenéis a cada poco y vuestro guía sonríe paciente. Al llegar a un claro casi en la cima os sentáis unos minutos. Otra vez por señas, Li os pide que esperéis, que va a traer agua. Desaparece entre los árboles y al poco regresa con un trozo de liana. La alza delante de tu cara y te dice que bebas el líquido que chorrea d…

La isla - 8

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Cuando la noche se descuelga jungla abajo, deslizándose por la ladera siguiendo la vegetación, la isla se llena de una vida ignota. Es como si la luz del día maquillara la realidad para que te resulte más conocida, pero por la noche ya no hay nada que enmascare la salvaje vida de la jungla. El gecko lanza su canto, heh-hoo!, cuatro veces, heh-hoo!, siempre cuatro veces. Intentas imaginarlo subido en las palmeras, esperando alguna presa o llamando a su pareja. Lo intentas pero no lo consigues, te resulta imposible imaginar un animal que haga ese ruido. Los pájaros parecen inundar con sus aleteos y trinos una jungla que de día parece vacía, hay chasquidos en el bungalow, hay crujidos, quejidos. Aguzas el oído y puedes discernir un animal de otro, pero no sabes de qué clase es: pájaro, insecto, anfibio... Los gritos de los murciélagos se entremezclan con el ulular del viento y la cadente demostración de fuerza del mar. La noche está llena de una vida que no conoces y en el fondo eso te a…

La isla - 7

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Mauricio cuenta que por la noche, cuando apagan todas las luces, la playa se llena de pequeños destellos de luz. Alguien comenta que esas luces son producto de la hierba que se fuma, hay risas y parece que nadie le presta atención. Pero tú recuerdas algo parecido en tu mar hace casi veinte años y no te resistes a comprobarlo. Así que a la noche remoloneas hasta que la oscuridad se hace con todo, todo está completamente cubierto de negro. Esperas a que tus ojos se acostumbren a la repentina oscuridad y te acercas a la playa. Efectivamente hay aquí y allá destellos en el agua, sabes que el plancton brilla y podrías darle una explicación a las luminarias, pero te resistes a quitarle esa cualidad mágica que tiene ver ese segundo cielo centelleante a tus pies. Entras en el agua y tus pies rompen un mar de estrellas, avanzas hipnotizado y te dejas envolver por las olas y nadas entre los destellos de un mar mágico que te deja una sensación de libertad y alegría durante horas, una dicha jubil…

La isla - 6

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Llegamos tan seguros de nosotros mismos y de nuestra forma de vida que nos miran desconcertados, como si se les escapara algo, como si fuésemos sabios casi sobrenaturales. Entonces les ves reir, les ves acercarse al mar, les ves adentrándose en la jungla con una obscena naturalidad, ves la facilidad con la que se desprenden de lo que nosotros suponemos básico, cómo aceptan la relatividad de la vida. Y cuando menos te lo esperas eres tú el que los mira desconcertado sin comprender el secreto de semejante hallazgo. Te empiezas a hacer pequeño, miras desde abajo, y te falta poco para pedirles perdón por venir a la isla y romper su encanto. Lo más que puedes hacer es intentar pasar desapercibido, hacerte cada vez más insignificante hasta volverte invisible y desaparecer.



Hay una rutina oculta que no vemos al principio. Al llegar la isla te abruma con su belleza: la playa, los cocoteros, las camas en la orilla, el runrún del mar, el susurro de la brisa. Todo parece dispuesto para que te que…

La isla - 5

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Creo que la isla no quiere que nos vayamos. Prepara unos días espléndidos. Las mañanas están llenas de luz, de risas de pájaros, de brisa arrulladora, de bucólicas estampas de vacas pastando bajo los cocoteros, de perros dormidos al sol, de barcos pesqueros lanzando redes por la borda, de horizontes limpios. Las horas se alargan a voluntad y se llenan de una calma onírica, casi irreal. Por momentos te parece vivir un sueño, o más bien una fantasía. No eres más que la imagen que tienes de ti mismo en tu imaginación. Y piensas: ahora voy a levantarme, me estiraré, me harán cosquillas las plumas que esconde la arena, me acercaré a la orilla, notaré el sol rascándome los hombros y me bañaré. Y por ensalmo, lo imaginado se convierte en real. Tú eres tu pensamiento. Tú eres el protagonista de tus mejores sueños. Pero en realidad te das cuenta de que es la isla la responsable. Creo que la isla no quiere que nos vayamos.

La isla - 4

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Es casi de noche y el cielo se rompe en una acualera de naranjas, rojos y azules. Sinat y Len nos esperan en el bote. Llevan el hilo enrollado en una botella de agua para los hombres y una caña para Loli. Nos alejamos apenas un centenar de metros de la isla y echamos ancla. Lanzamos los anzuelos con trozos de calamar como carnada, trozos que brillan fosforescentes en el mar oscuro. Es Loli la primera en coger un pez pequeño. Hay risas y bromas en cubierta. La pesca es una excusa, apenas si te preocupas del sedal, pasas casi todo el tiempo mirando al cielo que se ha estrellado. Jamás has visto tantas estrellas, y si lo has hecho ahora te parecen más luminosas que nunca. Te gustaría saber leer el mensaje que durante siglos otros hombres han tratado de descifrar, pero al instante, igual que ocurre cuando lees un verso especialmente hermoso, te da igual el mensaje y te recreas sólo en la belleza. No hay más peces y cambiamos de sitio un par de veces más. No hay suerte, parece decir Sinat.…

La isla - 3

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Por la mañana Len ha venido a coger cocos. Se sube a la palmera con una facilidad imposible. Con una pequeña hacha y una cuerda hace que bajen a la arena racimos de cocos de un verde lleno de vida. Sonríe mucho y nos mira desde la extrañeza, quizás por la barrera del idioma o tal vez porque hacermos cosas muy raras. Como tomar el sol o bañarnos en pleno invierno, se sorprende de la confianza que mostramos con los recién llegados, las muestras de cariño entre nosostros. A nosotros nos gustaría su feliz sencillez, la vida sin las necesidades banales, la capacidad de vivir con lo mínimo, que quizás para él no sea tan poco. Comentamos que vamos a dar una vuelta a la isla y Navin le pide que nos acompañe. Len sonríe por respuesta. La promesa de una visita guiada nos llena de emoción. Albert y Fabienne nos acompañan. Barbara también se apunta. Le seguimos dóciles a través de la maleza, que nos aparta con su hacha como quien va descorriendo cortinas para mostrarnos nuevas habitaciones. Y la …

La isla - 2

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El mar se ríe conmigo. Por la mañana la luz te anima a bañarte, como una madre sonriente que empuja con suavidad a su pequeño, así la isla te lleva al mar. Las palmeras susurran, las olas te llaman y la luz que te envuelve. Remoloneas atrasando el momento, te gusta ese juego con la playa. Clavas los pies en la arena y te dejas seducir, dejas que el mar te vaya asiendo, te lame los tobillos y sientes la calidez que te embarga. No lo retrasas más y caminas mientras el mar te acoge jubiloso y te haces uno con él. Cientos de peces minúsculos te rodean. Son balines de plata nadando a tu alrededor, reflejando la luz como pequeñas piedras preciosas. Van, vienen, giran, juegan. Y saltan. Cientos de pececillos saltan a tu alrededor como si el mar hiciera un espectáculo especialmente para ti. Una nube de plata que surca la superficie. Como una risa. La risa del mar que ríe conmigo.

La isla - 1

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Llegamos un día en el que el mar picado sacudía la barca como si quisiera asustarnos. Miras asombrado cómo unos peces saltan a vuestro alrededor y se mantienen en la superficie nadando unos segundos, desafiando las reglas naturales, siguiendo el surco que dejamos en la plomiza superficie. Miras a Ángela y Raffy pero no te comprenden, no te oyen con el ruido del motor. Loli está a tu lado y le gritas que mire, pero ya no hay nada que ver. Buscas la complicidad del hombre que maneja el timón pero sólo encuentras una sonrisa de incomprensión. No estamos tan lejos de la isla, pero avanzamos lentamente, como si la tierra se alejara conforme nosotros nos acercamos, como si jugara con nosotros. En la distancia te parece ver unos perros enormes tumbados bajo los cocoteros, exageradamente grandes. La luz es gris y triste, y te parece que las palmeras son las que a lentas pinceladas van repartiendo las nubes, balanceadas por el viento del este.Por fin llegamos a la playa, el mar se ha calmado d…

Campamento base

Ay, queridos míos, ya estamos de vuelta después de unos días de no saber ni dónde ni cuándo estábamos. Os dejé en Kanchanaburi, pues después de ahí nos largamos a Koh Tao, sí, otra isla. Lo que pasa es que a pesar de sus playas de aguas cristalinas y sus peces de colores, de sus corales y su animación; todo nos parecía demasiado turístico y bullicioso después de nuestra isla. Allí nos dimos nuestro homenaje en un complejo de lujo, un premio que nos habíamos prometido, pero que después de cinco meses de dar tumbos por allí no nos parecía tan importante.

Después de Koh Tao volvimos a Bangkok, para las últimas compras y para coger energías antes de la paliza de avión para volver a casa. Hacía mucho calor, agobiante, y apenas si salimos de la habitación con aire acondicionado de la guest house. Hicimos los últimos gastos y volamos a Londres, de allí, tras un cambio de aeropuerto, salimos para Sevilla. Y ahora reventados y sin ganas de nada, sólo de dormir y recuperarnos del jet-lag y volve…