Mirarse un poco el ombligo

10

Me cuelo entre las entradas de Miguel sobre la isla para contaros que Pilar Tejera del portal Mujeres Viajeras, nos ha dedicado unas palabras y nos ha puesto en su blog. Nos ha hecho mucha ilusión y por eso lo compartimos con vosotros. No dejad de pasaros y veréis cuánta gente hay que realiza sus sueños viajeros.

La isla - 9

5

El padre del pequeño Hub os pregunta por señas si le acompañáis a recorrer la jungla. Aceptáis emocionados. Tú ves que él viste pantalón corto y chanclas, así que decides no cambiarte y vas como él. José, Mauricio y Peppe si llevan pantalón largo y zapatillas de senderismo. Esperas no haberte equivocado. Comenzáis charlando animadamente, quizás presa del nerviosismo, pero el parloteo pronto se acaba junto con el aliento cuando empezáis a ascender. El camino no es fácil, es escarpado y resulta complicado esquivar la vegetación frondosa, fuerte y salvaje de la jungla. Avanzáis despacio, mirándolo todo, haciendo fotos aquí y allá, buscando una excusa para tomar aire. Os detenéis a cada poco y vuestro guía sonríe paciente. Al llegar a un claro casi en la cima os sentáis uno minutos. Otra vez por señas, Li os pide que esperéis, que va a traer agua. Desaparece entre los árboles y al poco regresa con un trozo de liana. La alza delante de tu cara y te dice que bebas el líquido que chorrea de ella. Dudas un momento, sólo un segundo, y luego abres la boca y recoges en ella en dulce agua de la planta. No sacias la sed, pero te divierte el momento. Ya no cae nada y Li corta con su machete el extremo superior de la liana y vuelve a brotar como por ensalmo otra vez el agua que ahora ofrece a los demás.

La isla (by Miguel Aguilar)

Todos bebemos y nos fotografiamos, y nos reímos de nosotros mismos ante la sonrisa y la mirada de Li, que es como una columna de humo en un día sin viento entre tanto alboroto. No nos demoramos más y volvemos a seguir la senda que abre el machete. Aunque pensabas que estabais en lo alto de la isla, aún continuáis ascendiendo. El calor se vuelve insoportable con la humedad, sudáis empapando vuestra ropa y señaláis asombrados que Li no tiene ni una sola gota en su frente. Le preguntáis y niega con la cabeza y señala la botella de agua que Mauricio saca de su mochila como toda explicación. Tras unos eternos minutos de marcha llegáis a un bunker que domina todo el contorno de la isla. Una herencia de la que nadie puede enorgullecerse pero que ahora nos recibe silencioso, abandonado a la naturaleza, entre el abrazo de las ramas y el verdor del musgo. Miras con deleite el panorama que se os ofrece y no te arrepientes de la subida, pero allí arriba no hay sombra y notas la piel a punto de salir ardiendo. Hay un borboteo dentro de tu cabeza y no sabes qué puede ser. Buscas el refugio de unas ramas y, en cuclillas, te acomodas en el filo del techo. Li se coloca junto a ti y te ofrece un cigarrillo que rechazas. Él prende uno y fuma tranquilamente a pesar de que vosotros estáis sin aire y asfixiados por el calor. Está tan relajado que te resulta fuera de lugar. Con las cuatro palabras que sabes le preguntas cuánto os queda. Él te indica una dirección, luego tuerce la mano y por último le hace bajar una cuesta imaginaria, para terminar asiente y hace un círculo enorme con todo el brazo que te dejó la cabeza sin sangre. Bungalow fue su última palabra. Le explicas a los demás el recorrido y hay palabras de ánimo, de autoconsuelo. Bajáis del bunker y por fin empieza el descenso por el otro lado de la isla. La bajada resulta menos pesada que la subida, pero más peligrosa porque apenas os podéis sostener y resbaláis a cada rato. Las ramas te arañan las pantorrillas y las pelusas que se desprenden de las flores se te pegan en el cuello por el sudor. Las hormigas rojas aprovechan cada parada para asirse a vuestras piernas y morder con furia, tras unos segundos empieza a picar con fuerza y sentís como si se os clavara una aguja.li os muestra el porqué: la hormiga primero hiere y luego se retuerce y se orina en la herida y eso es lo que provoca el escozor.

La isla (by Miguel Aguilar)

Li se deja morder por una para que lo veáis bien y cuando, como un escorpión, se contorsiona para orinar, la coge con la yema de los dedos, la retira y le aprieta el abdomen. Os maravilláis de todas estas pequeñas cosas e intentas explicarle a Li que todo es nuevo para vosotros, que en Europa no tenéis lianas, ni hormigas de estas; te pregunta por el búnker y tuerces la boca y entrecierras los ojos, same-same, le dices, y él asiente como si confirmara que la estupidez es universal.

Bajar con el calor de la mañana os resulta demoledor y cuando, tras un par de decenas de minutos llegáis a la playa, buscáis el frescor de la sombra y aspiráis la brisa marina. No queda mucho para llegar al bungalow, no más de diez minutos. Le preguntas a Li cuántos kilómetros habéis anadado; él parece calcular y dudando te muestra cuatro dedos, después cinco, cuatro otra vez. Os quedáis de piedra, ¿sólo cuatro kilómetros? Imposible.

Tras tres horas de marcha llegáis de vuelta a vuestra playa, os pedís un refresco y contáis el recorrido a las mujeres. Li os observa sonriendo, como el adulto que se sienta a ver jugar a unos críos en el parque y oye las fantasías infantiles que cuentan.

La isla - 8

1

La isla (by Miguel Aguilar)

Cuando la noche se descuelga jungla abajo, deslizándose por la ladera siguiendo la vegetación, la isla se llena de una vida ignota. Es como si la luz del día maquillara la realidad para que te resulte más conocida, pero por la noche ya no hay nada que enmascare la salvaje vida de la jungla. El gecko lanza su canto, heh-hoo!, cuatro veces, heh-hoo!, siempre cuatro veces. Intentas imaginarlo subido en las palmeras, esperando alguna presa o llamando a su pareja. Lo intentas pero no lo consigues, te resulta imposible imaginar un animal que haga ese ruido. Los pájaros parecen inundar con sus aleteos y trinos una jungla que de día parece vacía, hay chasquidos en el bungalow, hay crujidos, quejidos. Aguzas el oído y puedes discernir un animal de otro, pero no sabes de qué clase es: pájaro, insecto, anfibio... Los gritos de los murciélagos se entremezclan con el ulular del viento y la cadente demostración de fuerza del mar. La noche está llena de una vida que no conoces y en el fondo eso te asusta.

La isla - 7

0

La isla (by Miguel Aguilar)

Mauricio cuenta que por la noche, cuando apagan todas las luces, la playa se llena de pequeños destellos de luz. Alguien comenta que esas luces son producto de la hierba que se fuma, hay risas y parece que nadie le presta atención. Pero tú recuerdas algo parecido en tu mar hace casi veinte años y no te resistes a comprobarlo. Así que a la noche remoloneas hasta que la oscuridad se hace con todo, todo está completamente cubierto de negro. Esperas a que tus ojos se acostumbren a la repentina oscuridad y te acercas a la playa. Efectivamente hay aquí y allá destellos en el agua, sabes que el plancton brilla y podrías darle una explicación a las luminarias, pero te resistes a quitarle esa cualidad mágica que tiene ver ese segundo cielo centelleante a tus pies. Entras en el agua y tus pies rompen un mar de estrellas, avanzas hipnotizado y te dejas envolver por las olas y nadas entre los destellos de un mar mágico que te deja una sensación de libertad y alegría durante horas, una dicha jubilosa. Como un niño juegas y juegas en el agua. Para rematar, las luces atraen a los peces que se unen al espectáculo y nadan a tu alrededor.

La isla - 6

1

Llegamos tan seguros de nosotros mismos y de nuestra forma de vida que nos miran desconcertados, como si se les escapara algo, como si fuésemos sabios casi sobrenaturales. Entonces les ves reir, les ves acercarse al mar, les ves adentrándose en la jungla con una obscena naturalidad, ves la facilidad con la que se desprenden de lo que nosotros suponemos básico, cómo aceptan la relatividad de la vida. Y cuando menos te lo esperas eres tú el que los mira desconcertado sin comprender el secreto de semejante hallazgo. Te empiezas a hacer pequeño, miras desde abajo, y te falta poco para pedirles perdón por venir a la isla y romper su encanto. Lo más que puedes hacer es intentar pasar desapercibido, hacerte cada vez más insignificante hasta volverte invisible y desaparecer.

La isla (by Miguel Aguilar)

Hay una rutina oculta que no vemos al principio. Al llegar la isla te abruma con su belleza: la playa, los cocoteros, las camas en la orilla, el runrún del mar, el susurro de la brisa. Todo parece dispuesto para que te quedes en la superficie y no descubras el segundo nivel hasta que estés preparado. Es sólo cuestión de tiempo y de volver la mirada de vez en cuando. Entonces empiezas a entrever la vida verdadera de la isla, no sólo el placer de hacer nada en el que nos abandonamos los recién llegados. La isla oculta varias caras, estoy seguro, es cuestión de tiempo que me deje verlas.

La isla - 5

1

Koh Por (by Miguel Aguilar)
Creo que la isla no quiere que nos vayamos. Prepara unos días espléndidos. Las mañanas están llenas de luz, de risas de pájaros, de brisa arrulladora, de bucólicas estampas de vacas pastando bajo los cocoteros, de perros dormidos al sol, de barcos pesqueros lanzando redes por la borda, de horizontes limpios. Las horas se alargan a voluntad y se llenan de una calma onírica, casi irreal. Por momentos te parece vivir un sueño, o más bien una fantasía. No eres más que la imagen que tienes de ti mismo en tu imaginación. Y piensas: ahora voy a levantarme, me estiraré, me harán cosquillas las plumas que esconde la arena, me acercaré a la orilla, notaré el sol rascándome los hombros y me bañaré. Y por ensalmo, lo imaginado se convierte en real. Tú eres tu pensamiento. Tú eres el protagonista de tus mejores sueños. Pero en realidad te das cuenta de que es la isla la responsable. Creo que la isla no quiere que nos vayamos.


La isla (by Miguel Aguilar)

La isla - 4

2

La isla (by Miguel Aguilar)

Es casi de noche y el cielo se rompe en una acualera de naranjas, rojos y azules. Sinat y Len nos esperan en el bote. Llevan el hilo enrollado en una botella de agua para los hombres y una caña para Loli. Nos alejamos apenas un centenar de metros de la isla y echamos ancla. Lanzamos los anzuelos con trozos de calamar como carnada, trozos que brillan fosforescentes en el mar oscuro. Es Loli la primera en coger un pez pequeño. Hay risas y bromas en cubierta. La pesca es una excusa, apenas si te preocupas del sedal, pasas casi todo el tiempo mirando al cielo que se ha estrellado. Jamás has visto tantas estrellas, y si lo has hecho ahora te parecen más luminosas que nunca. Te gustaría saber leer el mensaje que durante siglos otros hombres han tratado de descifrar, pero al instante, igual que ocurre cuando lees un verso especialmente hermoso, te da igual el mensaje y te recreas sólo en la belleza. No hay más peces y cambiamos de sitio un par de veces más. No hay suerte, parece decir Sinat. ¿Suerte? Sonríes mientras miras al cielo y a la isla. No estás en absoluto de acuerdo, tienes mucha suerte.


[más fotos de la isla]