Mirarse un poco el ombligo
La isla - 9
Todos bebemos y nos fotografiamos, y nos reímos de nosotros mismos ante la sonrisa y la mirada de Li, que es como una columna de humo en un día sin viento entre tanto alboroto. No nos demoramos más y volvemos a seguir la senda que abre el machete. Aunque pensabas que estabais en lo alto de la isla, aún continuáis ascendiendo. El calor se vuelve insoportable con la humedad, sudáis empapando vuestra ropa y señaláis asombrados que Li no tiene ni una sola gota en su frente. Le preguntáis y niega con la cabeza y señala la botella de agua que Mauricio saca de su mochila como toda explicación. Tras unos eternos minutos de marcha llegáis a un bunker que domina todo el contorno de la isla. Una herencia de la que nadie puede enorgullecerse pero que ahora nos recibe silencioso, abandonado a la naturaleza, entre el abrazo de las ramas y el verdor del musgo. Miras con deleite el panorama que se os ofrece y no te arrepientes de la subida, pero allí arriba no hay sombra y notas la piel a punto de salir ardiendo. Hay un borboteo dentro de tu cabeza y no sabes qué puede ser. Buscas el refugio de unas ramas y, en cuclillas, te acomodas en el filo del techo. Li se coloca junto a ti y te ofrece un cigarrillo que rechazas. Él prende uno y fuma tranquilamente a pesar de que vosotros estáis sin aire y asfixiados por el calor. Está tan relajado que te resulta fuera de lugar. Con las cuatro palabras que sabes le preguntas cuánto os queda. Él te indica una dirección, luego tuerce la mano y por último le hace bajar una cuesta imaginaria, para terminar asiente y hace un círculo enorme con todo el brazo que te dejó la cabeza sin sangre. Bungalow fue su última palabra. Le explicas a los demás el recorrido y hay palabras de ánimo, de autoconsuelo. Bajáis del bunker y por fin empieza el descenso por el otro lado de la isla. La bajada resulta menos pesada que la subida, pero más peligrosa porque apenas os podéis sostener y resbaláis a cada rato. Las ramas te arañan las pantorrillas y las pelusas que se desprenden de las flores se te pegan en el cuello por el sudor. Las hormigas rojas aprovechan cada parada para asirse a vuestras piernas y morder con furia, tras unos segundos empieza a picar con fuerza y sentís como si se os clavara una aguja.li os muestra el porqué: la hormiga primero hiere y luego se retuerce y se orina en la herida y eso es lo que provoca el escozor.
Li se deja morder por una para que lo veáis bien y cuando, como un escorpión, se contorsiona para orinar, la coge con la yema de los dedos, la retira y le aprieta el abdomen. Os maravilláis de todas estas pequeñas cosas e intentas explicarle a Li que todo es nuevo para vosotros, que en Europa no tenéis lianas, ni hormigas de estas; te pregunta por el búnker y tuerces la boca y entrecierras los ojos, same-same, le dices, y él asiente como si confirmara que la estupidez es universal.
Bajar con el calor de la mañana os resulta demoledor y cuando, tras un par de decenas de minutos llegáis a la playa, buscáis el frescor de la sombra y aspiráis la brisa marina. No queda mucho para llegar al bungalow, no más de diez minutos. Le preguntas a Li cuántos kilómetros habéis anadado; él parece calcular y dudando te muestra cuatro dedos, después cinco, cuatro otra vez. Os quedáis de piedra, ¿sólo cuatro kilómetros? Imposible.
Tras tres horas de marcha llegáis de vuelta a vuestra playa, os pedís un refresco y contáis el recorrido a las mujeres. Li os observa sonriendo, como el adulto que se sienta a ver jugar a unos críos en el parque y oye las fantasías infantiles que cuentan.
La isla - 8
La isla - 7
Mauricio cuenta que por la noche, cuando apagan todas las luces, la playa se llena de pequeños destellos de luz. Alguien comenta que esas luces son producto de la hierba que se fuma, hay risas y parece que nadie le presta atención. Pero tú recuerdas algo parecido en tu mar hace casi veinte años y no te resistes a comprobarlo. Así que a la noche remoloneas hasta que la oscuridad se hace con todo, todo está completamente cubierto de negro. Esperas a que tus ojos se acostumbren a la repentina oscuridad y te acercas a la playa. Efectivamente hay aquí y allá destellos en el agua, sabes que el plancton brilla y podrías darle una explicación a las luminarias, pero te resistes a quitarle esa cualidad mágica que tiene ver ese segundo cielo centelleante a tus pies. Entras en el agua y tus pies rompen un mar de estrellas, avanzas hipnotizado y te dejas envolver por las olas y nadas entre los destellos de un mar mágico que te deja una sensación de libertad y alegría durante horas, una dicha jubilosa. Como un niño juegas y juegas en el agua. Para rematar, las luces atraen a los peces que se unen al espectáculo y nadan a tu alrededor.
La isla - 6
La isla - 5
La isla - 4
Es casi de noche y el cielo se rompe en una acualera de naranjas, rojos y azules. Sinat y Len nos esperan en el bote. Llevan el hilo enrollado en una botella de agua para los hombres y una caña para Loli. Nos alejamos apenas un centenar de metros de la isla y echamos ancla. Lanzamos los anzuelos con trozos de calamar como carnada, trozos que brillan fosforescentes en el mar oscuro. Es Loli la primera en coger un pez pequeño. Hay risas y bromas en cubierta. La pesca es una excusa, apenas si te preocupas del sedal, pasas casi todo el tiempo mirando al cielo que se ha estrellado. Jamás has visto tantas estrellas, y si lo has hecho ahora te parecen más luminosas que nunca. Te gustaría saber leer el mensaje que durante siglos otros hombres han tratado de descifrar, pero al instante, igual que ocurre cuando lees un verso especialmente hermoso, te da igual el mensaje y te recreas sólo en la belleza. No hay más peces y cambiamos de sitio un par de veces más. No hay suerte, parece decir Sinat. ¿Suerte? Sonríes mientras miras al cielo y a la isla. No estás en absoluto de acuerdo, tienes mucha suerte.










